Las bombas de calor se han consolidado como una de las tecnologías más relevantes dentro de la transición energética, no solo por su madurez técnica, sino por su impacto directo en eficiencia y descarbonización. A diferencia de los sistemas tradicionales, su funcionamiento no se basa en generar calor mediante combustión, sino en transferir energía térmica desde fuentes renovables como el aire, el agua o el subsuelo.
Este principio de funcionamiento permite alcanzar coeficientes de rendimiento (COP) muy superiores a los sistemas convencionales. En términos prácticos, por cada kWh de electricidad consumido, una bomba de calor puede generar entre 3 y 5 kWh térmicos, lo que se traduce en una reducción significativa del consumo energético global y una menor huella de carbono del edificio.
La importancia estratégica de esta tecnología quedó plenamente reflejada en el plan REPowerEU, presentado por la Comisión Europea como respuesta a los retos energéticos, climáticos y geopolíticos del continente. Este programa marcó un cambio de paradigma al situar la descarbonización térmica al mismo nivel que la generación renovable, identificando las bombas de calor como una solución clave para sustituir sistemas basados en gas y combustibles fósiles.
Como referencia estratégica, la Unión Europea ha señalado el objetivo de alcanzar hasta 60 millones de bombas de calor instaladas en 2030, dentro de una hoja de ruta que persigue reducir emisiones de CO₂ en edificación, disminuir la dependencia energética exterior, mejorar la eficiencia de los hogares e impulsar tecnologías eléctricas renovables. Esta apuesta no responde únicamente a criterios ambientales, sino también económicos, estructurales y de seguridad energética.
Dentro de este ecosistema tecnológico, la aerotermia destaca como la solución de mayor crecimiento y versatilidad, especialmente en el ámbito residencial y terciario, gracias a su alta eficiencia, facilidad de integración y alineación con los modelos de electrificación del consumo.

